Garnold naturalmente en una balsa con Guille. Febrero en el Delta y algunas anécdotas que al final serían enseñanzas.
Los verdes y el marrón, y la humedad y el sol lo mantenían entretenido, aunque no lo suficiente como para quedarse quieto. "Después nos vemos" le aclaró a su amigo y desapareció.
Se tiró al río y nadó hasta la primera isla. Los mosquitos y el calor no le molestaron. Caminó entre yuyos y árboles, embarrándose los pies y levantando las rodillas por largo rato. Fascinado del camino se detenía de a instantes Garnold: como una canción caminaba. Pura aventura hasta que por fin la encontró. Profunda laguna escondida parecía querer decir algo entre tanto pastizal. Se encontró a sí mismo Garnold. Se sumergió y se tranquilizó, hasta que el agua quedó quieta primero, y después jugando a moverla lo más lenta posible. Se hundía, después salía, y volvía a entrar.
Garnold que aguantaba la respiración bajo el agua pensó:
¿Volaré si salto de un árbol?
Si convenzo al árbol, a la laguna y al cielo claro. Y a mí y a los mosquitos... Sí que puedo volar. Eso hacen los magos. El juego es creerle. Yo y todo lo que existe tiene que creer que puedo volar, sí que puedo, obvio que puedo.
¡Garnold! Un eco de mujer salió de entre los árboles. Garnold no quería responder a los gritos porque el agua estaba quieta y sus orejas sumergidas. ¿Qué? Dijo despacio con dos burbujas. ¡Mirá! Se escuchó y una ola inexplicable le llenó la cara de agua. ¿¡Qué te pasa!? Se paró y miró para todos lados. No había nadie. Tss, se frunció enojado y se sumergió de nuevo. Estoy jugando dijo la voz, y Garnold sintió burbujas en los pies. Sonrió. Se puso chino. Con paz dijo, dejame, estoy flotando. Sintió burbujas en la nuca. Dale dejame, dijo otra vez. y una ola suave lo acarició.
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