Garnold otra vez en la orilla.
Se acerca y moja sus pies que se hunden en el barro.
Se sienta y al fin se acuesta.
El agua tapando sus orejas y su mirada fija en un árbol que se mece.
El contorno de las hojas dibujan y desdibujan siluetas de luz en el cielo que Garnold no quiere ver.
Sólo las hojas.
El agua seduce a su sien y el barro lo entierra y sumerge con la perseverancia del río.
Garnold no escucha sus pensamientos porque está atento a cada movimiento del río, del barro, del árbol.
De pronto el agua llega a su nariz y se retuerce en un espasmo parecido al estornudo.
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