Al otro día Garnold despertó en la balsa. Se despertó del sol que lo quemaba con una remera en la cara. Su último sueño había sido muy lento, eso solo recordó y estaba feliz.
Era domingo otra vez, como todos los días últimamente. Guille ya había despertado, estaba en el muelle, con los pies en el agua tomando té en la sombra, y con el repelente que Garnold no se había puesto aún.
PLAF, mató un mosquito Garnold, PLAC, otro. PLAC, y se tiró al agua.
Recién volvió a tomar aire a los pies de Guille que lo miró y le dijo: ¿Qué hiciste anoche? Había preparado fideos pensando que venías. Garnold dudó. Eh, fui a pasear, nadé... Después comí y me eché a dormir...
-Se quedaron callados. -
Ah, dijo Guille que entendió la mentira. Dicen que hubo un incendio.
Garnold se asombró y se fue sin dar ninguna explicación.
Nadó mirando el cielo hasta llegar a la soledad que lo dejó ser.
¿Qué sentido tiene? No lo entendería, se dijo, no podría compartirlo con ninguna persona.
Garnold se sentó en la orilla y se miró en el reflejo del agua. Una reflexión lo entristeció.
Yo volé, eso fue así...
¿Será que sólo vale para mí? ¿Que nadie jamás va entenderlo? Miró al horizonte porque no tenía la respuesta.
Unas burbujas salieron del agua y lo desconcentraron de su tristeza. Se vio a sí mismo en el agua y se sumergió en su cara.
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