jueves, 18 de abril de 2013

La lapicera preferida

Hubieron 6 días de una semana en los que Garnold pensaba cada tanto dónde había dejado su lapicera. El día 5 se había dicho a sí mismo: ¡la perdí! y el día 6, sin pensar, la encontró en la oficina de su papá. Ah mirá, se dijo, y se sintió bien por haberla encontrado. Era su lapicera preferida, aunque últimamente no la usaba mucho. La usaba tan poco que cuando la encontró: no la agarró.
El día 7 necesitaba la lapicera y no la encontraba. ¿Dónde pude haberla dejado? Pensaba. Porque estaba casi seguro de que estaba en su casa. ¡Yo la vi! decía insultando...Y la lapicera no aparecía.
El día 10 apareció en su cuarto. Su mamá la había dejado en la mesa, medio escondida.
Le confesó al marido: el día 8 la vi en la oficina y supe que no la encontraría. No pensé en dársela, ni en dejársela en la mesa. La escondí un poco, para que él sienta que encontrarla fue mérito suyo. O de su azar.
Manipulaste su azar, sintetizó el papá de Garnold.
Y Garnold,
¡Ah, acá la había visto! Y concluía (sin saber nada de lo de su mamá), qué cosa eso de que a veces me obsesiono tanto por ciertas preguntas que olvido que tengo las respuestas.


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